
No me acuerdo cuando fue exactamente, pero te vi, pasando por uno de los pasillos de nuestra Universidad, de nuestra casa, de nuestro sitio, de nuestra cómplice o mi cómplice de tantas cosas tan prohibidas como hermosas y apasionantes. Y te vi, hermosa expresión de juventud, frescura, canela y esbeltez, "tal y como el doctor me recetó". No sabía ni tu nombre pero todo eras ya para mí, al despertarme, al comer, al trabajar, al leer, al masturbarme, al vivir...
Y luego estuviste a mi lado, unidos por ese puente dulce y amargo, sólido y débil que se llama cerveza, por ese yugo que tan fuerte nos ata y tan fácil nos separa. Y te tocaba, te robaba un beso, te decía una y otra vez que te amaba, que te amo, que te deseaba y te deseo... y tú, ¿qué culpa tengo? Y te seguí buscando, y te seguí queriendo, volviste a ser mi recaída, esa recaída que tanto añora y sufre el adicto, esa recaída maravillosa que me hace llorar y reír, retorcerme de dolor así como saltar de alegría.
Pero, y ahora qué, nuevamente a lo mismo, nuevamente a comprobar que solo el puente cruzar te interesa, para luego siempre a través de él volver a donde perteneces, a la otra orilla de ese río que se llama tu vida, la sociedad, tu familia, la cultura... a la otra orilla desde donde me ves y desde donde a veces ni si quiera me permites verte.
Y ya está, otra vez, nuevamente ¿cómo te olvido?, cómo hago para sosegarme, para volver a recuperarme de esta recaída, cómo hago para curarme de este mal que no me deja.