
De pronto, una noticia increíble, desconcertante, que me vuelve a sumir en esa sensación de sueño y pereza de la que trato siempre, cada vez más frecuentemente, de escapar. Se fue, murió.
Hace tiempo que vivía en Chile, su madre es chilena; siempre venía a visitar a su esposa y amigos los eneros de cada año, y jugábamos, salíamos, gimnasio, cafés, juerga… Pero se murió, así de pronto, y me pregunto por qué no me contó que estaba enfermo, por qué no tuvo esa confianza conmigo si éramos (porque lo éramos) tan amigos. Nunca desde que se fue a Santiago perdimos el contacto, no le gustaba el “Messenger”, a mí tampoco y era poco de escribir, pero no dejábamos de hacerlo, correos y correos o cortas conversaciones por la red, eso era, pero era.
Creo que fuiste el mejor de mis amigos, cosas que te confié a ti difícilmente se las confié a otro, eras como un espejo, eras como un hermano (si, sé que te molesta que te diga “hermano mayor”), me las hiciste varias y buenas, por ti aprendí a reír y a gozar, por ti aprendí que la vida puede ser una fiesta cada vez que así quieras organizarla, tu me enseñaste, quizá sin querer, que casi todo es posible (y debes estar molesto por lo mal que aprendí la materia).
Pero te fuiste, hay una canción que me gustaba escuchar cuando estábamos ebrios con ron, cerveza o aguardiente, es una bella canción sobre la amistad de la que no me sé su nombre ni su autor, pero ahora que la taradeo mentalmente, engujo una lágima por tu ausencia. Así éramos, sin mayores ataduras ni promesas ni ceremonias, sólo éramos tan simple como eso: una canción que existe, que nos gusta, pero de la que no nos acordamos ni el nombre ni el autor.
Pablo, ¿vamos a jugar?, paso por tu casa, y al terminar los partidos, beberemos sin parar ni cansarnos, sin importar lo que venga mañana, tú en la "4" yo en la "1"; tú delante, yo detrás…