
No me puedo perdonar el no habertelo dicho, el no haberte hecho saber con todas sus letras lo importante que eres para mí, lo mucho que te quiero, lo mucho que siempre te he extrañado, lo mucho que te he admirado. Ahora que no estás, lloro tu ausencia, no me acostumbro a ella, no quiero que sea así. Y es ya un año. Dios se apiadó de mí, me dejó verte días antes de tu dolorosa partida, y así como estabas, no dejaste de ser amorosa y fuerte, terca y valiente.
Decimos que Dios sabe lo que hace, pero creo que esta vez se equivocó contigo, al hacerte padecer una enfermedad tan larga y dolorosa, no lo merecías, no tú. Y otra vez recuerdo que no estuve ahí, que no te acompañé cuando más lo necesitaste, que simplemente te fallé, que te sigo debiendo tanto, tanto, deuda que nunca se pagará.
Sueño con estrecharte en mis brazos otra vez, Dios nos lo va a permitir, Dios me lo va a regalar; sentir tu pecho contra el mío, ese indefinible y delicioso perfume que ni los hospitales, enfermeras, doctores, medicinas y dolor, hiceron que perdieras.
Compruebo que la vida está hecha de momentos, de instantes que debemos aprovechar al máximo, y yo no supe aprovecharlos contigo. Perdóname y no te apartes de mi lado. Te siento ahora, te huelo ahora... no me dejes. Es muy complejo, es muy dificil, no encuentro más palabras, sólo estas últimas: ¡Gracias por todo, tía mamá!